Martes de la III semana de Pascua
CXXIX
Asamblea Plenaria de la CEE
Capilla
de la Sucesión Apostólica
Martes 21
de abril de 2026
Hechos 7,
51–8, 1; Salmo 30,3cd-4.6ab.7b.8a.17.21ab i Juan 6,30-35
Poco tardó la
Iglesia apostólica en dar testimonio de su fe. Esteban, del grupo de hombres de
buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría escogidos para servir a la comunidad
des del diaconado, fue escogido para ser el primero en dar su vida por Cristo. Desde
sus mismos inicios hasta hoy la Iglesia está marcada por su misión de dar
testimonio del Reino, esta misión es intrínseca a la Iglesia. Por ello no
debemos tener miedo de ir contracorriente, de soñar en grande i de arriesgarnos
por el Evangelio (Cf. Cardenal Cobo).
Nuestro mensaje,
el mensaje de Cristo incomoda muchas veces a la sociedad, no se acomoda a lo
que muchos desean oír; pero no podemos ni debemos renunciar a nuestra misión.
Como nos recomienda san Pablo: «proclama la palabra, insiste a tiempo y a
destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y
doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina,
sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que
les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las
fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu
tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio.» (2Tm 4,1-5).
Es a esta misión
a la que fue fiel san Esteban que, muriendo, fija su mirada en el cielo, fue
recompensado con la vida eterna. Es a esta misión a la que debemos ser fieles
hoy nosotros y que nos exige coherencia, entrega y fidelidad. No hemos sido
llamados a nuestro ministerio, no profesamos nuestra fe ni para ser
acomodaticios con las tendencias sociales de cada momento, ni para ejercer
nuestra misión a tiempo parcial. Como nos decía el papa León el pasado viernes:
«Anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra
que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones;
signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia.»
Cristo es el
camino, la verdad y la vida y nuestra misión es ser testimonios de la verdad.
Defendiendo la vida des del mismo momento de su concepción hasta un final
marcado por Dios, defendiendo siempre la dignidad humana y condenando cualquier
ataque contra la vida, venga de donde venga, ya que la vida humana es un don de
Dios que cada hombre o mujer debe vivir como lo que es, imagen de Dios.
La única verdad
es Cristo, Él es este pan del cual quien come no vuelve a tener hambre y de quien
bebe no vuelve a tener sed. Dar testimonio del pan vivo que es Cristo ha
supuesto a lo largo de los siglos muchas vidas, al fin siempre ganadas para el
Reino. Quienes decidieron acabar con la vida de Esteban, como con la de
cualquier otro a lo largo de los siglos también hoy en muchas partes del mundo,
creen acabar así con la transmisión de la fe. Se equivocan de raíz, todo mártir
es aquel grano de trigo que sólo caído en tierra y muriendo acaba por dar fruto
(Cf. Jn 14,24) y es semilla de fe.
Nos lo decía el papa Francisco, a quien hoy recordamos y encomendamos de manera muy especial en el primer aniversario de su muerte: «la vida tiene valor sólo al donarla a los demás en el amor y en la verdad». (8 de febrero de 2019). Detrás de cada martirio hay siempre un testimonio de fe y un mensaje de amor, de misericordia y de esperanza; de misericordia para aquellos que lo causan, de esperanza para los mismos mártires, para toda la humanidad y también para los causantes del martirio. Y detrás de todo el amor de Dios hasta el extremo. Misericordia y esperanza han sido dos palabras muy presentes a lo largo del pontificado del papa Francisco, marcaron los años jubilares de 2016 y 2025 y deben seguir marcando el camino de la Iglesia. Ambas, misericordia y esperanza, son fruto del amor de Dios. Estamos llamados a ser testimonios y mensajeros de este amor, al precio incluso de resultar incómodos ante muchos; pero teniendo siempre presentes las palabras del Señor: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).