Santísima Trinidad
Jornada Pro Orantibus
Basílica de Sant Feliu en Girona
Eucaristía retransmitida per Trece TV
Domingo 31 de mayo de 2026
Ex 34, 4b-6. 8-9; Salmo Dn 3, 52-56; 2 Co 13, 11-13 i Jn
3, 16-18
Celebrando hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad,
celebramos la Jornada Pro Orantibus, una jornada que nos invita a volver la
mirada hacia aquellos hombres y mujeres que, desde el silencio, la oración, el
contacto con la Palabra de Dios y el trabajo, buscando al Señor en comunidad desde
los monasterios y conventos, viven su fe de manera concreta y buscan con su
vida sostener espiritualmente al mundo entero.
Nuestra sociedad vive inmersa en el ruido, en la velocidad, en la prisa constante, y podemos llegar a pensar que sólo tiene valor aquello que produce resultados visibles, inmediatos y mesurables. El carrerismo social, la voluntad de poseer, de tener poder, marca gran parte de nuestra sociedad y es también un peligro para la misma Iglesia. Por todo ello hoy se nos invita a fijar nuestra atención y a dirigir nuestra oración hacia estas comunidades que con su vida significan para la Iglesia y para el conjunto de la sociedad un auténtico pulmón espiritual.
Marta y Maria son dos almas gemelas en la Iglesia, oración, contemplación y acción forman un conjunto y una unidad y ambos elementos son imprescindibles y complementarios. La vida contemplativa sintoniza también con la sociedad, con sus problemas y angustias, si esta sintonía no sería una vida dedicada a Dios. Como escribe san Bernardo de Claravall: «los que no sintonizan con sus hermanos, sino que ofenden a los que lloran, menosprecian a los que se alegran, o no sienten en sí mismos lo que hay en los demás por no sintonizar con sus sentimientos, jamás podrán descubrir en sus prójimos la verdad.» (De gradibus humilitatis et superbiae).
Damos gracias hoy al Señor por la vida contemplativa, damos gracias al Señor por tantos monasterios, por tantas comunidades que viven en clausura, por tantas personas consagradas que han entregado su existencia a la oración, al silencio, a la adoración y a la intercesión continua por la humanidad. La oración y el silencio están desde siempre presentes en la historia de la salvación. La primera lectura nos ha invitado a poner el acento en la fidelidad. El Señor llama ya desde antiguo a algunos a retirarse del bullicio para hallar una intimidad especial con Él. Moisés, madruga y sube al monte para encontrarse con Dios. Elías descubre al Señor no en el terremoto ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave. María, la hermana de Marta, se sienta a los pies de Jesús para escuchar su palabra. Y el mismo Cristo pasa noches enteras en oración.
La vida contemplativa nace precisamente de esta experiencia: Dios basta, solo Dios llena el corazón humano, solo Dios merece ser amado por sí mismo y dedicarle toda la vida a Él merece la pena. Los contemplativos proclaman silenciosamente esta realidad, proclaman que Dios está entre nosotros, a nuestro lado, que Dios es digno de amor, y que sólo el encuentro con Él llena una existència.
Nos dice el papa León XIV que estamos a punto de recibir en nuestra tierra, la relación con el Señor: «se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherirse, sino un proyecto de amor y de felicidad.» (Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026).
Muchas personas pueden preguntarse y la misma Iglesia plantea hoy esta pregunta a los contemplativos: ¿Por quién eres? Una pregunta en sintonía con el Congreso de Vocaciones que tuvo lugar en Madrid el pasado año, cuando la pregunta planteada fue: ¿Para quién eres? El “por” encierra en sí mismo el “para”, centra la respuesta en el Señor contemplado y amado. La vida contemplativa solo puede ser por Dios, es El el que siempre toma la iniciativa, llama, seduce, recibe y consagra. Quizás estas preguntas nazcan porque hemos reducido el valor de la persona humana únicamente a la productividad externa; pero sigue siendo válido el axioma de que la oración transforma el mundo. Escribe san Bernardo que: «Hemos venido al monasterio para que nuestra voluntad se vaya adecuando a la de Dios. Y esta voluntad se va concretando en el Evangelio.» (Comentario al Salmo 118).
Un monasterio no hace ruido, no provoca titulares de prensa por su labor diaria, pero nunca deja de iluminar. Un monasterio es como un bosque que oxigena la vida de la Iglesia. Allí se reza por las familias, por los enfermos, por los sacerdotes, por los jóvenes, por los gobernantes, por los que sufren, por los que han perdido la fe, por aquellos que ni siquiera saben que alguien está rezando por ellos o ni tan solo lo han pedido.
La vida contemplativa nos recuerda además algo fundamental, la humanidad tiene sed de Dios, necesita dar espacio a Dios porque el ruido exterior acaba muchas veces convirtiéndose también en ruido interior y una vida llena de ruido acaba por tener dificultades para escuchar la voz de Dios. Existe un silencio fecundo, existe una soledad sonora, es el silencio habitado por Dios. El silencio que permite escuchar, que sana, que purifica el alma, que deja espacio a la presencia divina.
Centrar la vida entorno a la oración, la liturgia, la Eucaristía, la Palabra y la vida comunitaria; no es estéril, no significa huir del mundo ni por supuesto renunciar o despreciar al mundo, todo lo contrario. La vida contemplativa ama profundamente al mundo porque el que ora y al que presenta ante Dios, intercediendo por él. escribía santa Teresa del Niño Jesús que la vida contemplativa está en el corazón de la Iglesia y ella comprendió como nadie que sin salir del monasterio se puede estar en unión con la Iglesia misionera y ella misma se convirtió en patrona universal de las misiones, porque la fecundidad espiritual no depende únicamente de la acción exterior, sino de la unión con Cristo.
En palabras del papa León XIV dirigidas a los contemplativos: «Vuestra distancia del mundo no os separa de los demás, sino que os une en una solidaridad más profunda. Escribe Evagrio Pontico: «Monje es aquel que, separado de todos, está unido a todos» (Tratado sobre la oración, 124). Porque la soledad orante genera comunión y compasión para toda la humanidad y para cada criatura, tanto en la dimensión del Espíritu como en el contexto eclesial y social en el que estáis situados como fermento de vida divina.» (11 de octubre de 2025).
Esta Jornada Pro Orantibus es una invitación a valorar y a ayudar a sostener a las comunidades contemplativas, que viven con sencillez y austeridad y a veces con dificultades materiales; y que siempre precisan de nuestra cercanía, de nuestro afecto, de nuestra ayuda y de nuestra oración.
«La oración es libertad del alma», escribe el P. Dismas de Lassus prior de la Gran Cartuja y todos nos sentimos unidos a las comunidades contemplativas a través de la oración. Si los contemplativos y contemplativas rezan a diario por nosotros, hoy la Iglesia nos pide rezar también por ellos: por sus vocaciones, por su fidelidad, por su perseverancia, por sus también muchas necesidades.
Todos
estamos necesitados de conversión y por ello tampoco hay dimensión
contemplativa sin conciencia personal y comunitaria de conversión. Volver
nuestros corazones a Dios puede ser más fácil ayudados y sostenidos por
aquellos que dedican su vida a esta tarea, porqué ellos orando al Padre por el
ejemplo del Hijo y robustecidos por la fuerza del Espíritu son testimonios
discretos de conversión.
El mundo necesita testigos de lo absoluto, necesita hombres y mujeres que recuerden que Dios es lo más grande y que el mundo necesita quién proclame con su vida que solo Dios puede llenar plenamente el corazón humano. En una sociedad marcada por la superficialidad, el individualismo y el vacío interior, la vida contemplativa se convierte en profecía, los monasterios son refugio de muchos que se acercan a ellos buscando respuestas, buscando paz y silencio; buscando a Dios, en definitiva.
En los monasterios se escucha el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pronunciado con amor y reverencia, son comunidades que buscan vivir también hoy radicalmente el Evangelio. Todos tenemos necesidad de recuperar el silencio de dedicar un tiempo a Dios a través de la oración y del contacto directo con su Palabra, a través de la adoración; porqué todos tenemos sed de poner a Cristo en el centro de nuestra vida. Sin la oración nuestros corazones se secan, sin la oración la fe se debilita, sin la oración corremos el riesgo de acabar viviendo superficialmente.
Los contemplativos nos recuerdan con su vida que Dios merece lo mejor de nosotros y que lo mejor para nosotros es Dios. Nos enseñan que vivir el Evangelio con humildad, sencillez, sinceridad y alegría es posible. Aunque existan dificultades, sacrificios o renuncias, quien encuentra a Cristo descubre el tesoro escondido por el que vale la pena entregarlo todo.
Celebrar la Jornada Pro Orantibus es, por tanto, un acto eclesial de gratitud, reciprocidad y corresponsabilidad, como decimos los obispos de la Comisión de la Comisión de Vida Consagrada. Por todo ello damos hoy gracias por cada monasterio por cada religiosa contemplativa, por cada monje, por cada consagrado que dedica su vida a seguir a Cristo de manera radical y total y que sin olvidar la realidad, ora intercediendo por la humanidad. Damos gracias por tantas comunidades que sostienen espiritualmente la misión de la Iglesia desde el silencio, el trabajo y la oración personal y comunitaria. Y muchas lo hacen hoy desde la fragilidad mientras surgen nuevos carismas que deben aportar saba nuevo a una vida antigua.
Dándole gracias por el don de la vida contemplativa pidámosle al Señor que todos aquellos destinados por entero a la contemplación, aquellos cuyos miembros se dedican solamente a Dios en la soledad y el silencio, en la oración asidua, ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad y le edifican con su ejemplo e incluso contribuyen a su desarrollo con una misteriosa fecundidad; sean para la Iglesia manantial de gracias celestiales, como nos pide el Concilio Vaticano II (Perfectae Caritatis, /).